Psicología

La pereza y ser padres (I)

“Mis padres son unos vagos!”, exclama un niño de nueve años lo suficientemente fuerte como para despertar a los vecinos. Por suerte para el progenitor, en el coche donde realizó la afirmación solo estaban él conduciendo y unos amigos del chaval a los que llevaba de vuelta a casa del colegio. Durante el viaje, la charla había versado sobre una divertida acampada que los otros chicos habían realizado con sus respectivas familias. El niño explicaba las razones por las que él no había salido al campo: porque sus padres no quieren hacer las maletas, conducir horas de coche, montar la tienda de campaña, dormir en el suelo en medio de la nada, madrugar y acabar el fin de semana agotados. Por lo que la conclusión era clara: son unos vagos.

En teoría los padres no deben ser perezoso. Se supone que deben sacrificarse por sus hijos. Si eso requiere despertarse a horas intempestivas y acampar bajo la lluvia, se hace. Además, deben cocinar de manera saludable, al menos una vez cada dos noches y limpiar la casa para crear un ambiente limpio y saludable. Muchos pedagogos relacionan la paternidad con la expresión de uno mismo a través de la vida cotidiana lo que genera educación (en el colegio se forma; en casa se educa). Cuando, tras ver El Retorno del Rey, plagado de batallas, fantasmas y monstruos, tu hijo tiene que dormir contigo en la cama también estás siendo perezoso. Desde el principio sabías que la película le podría generar pesadillas, pero como queríais verla, lo dejaste pasar. “En ocasiones, y aunque seas padre, hay que disfrutar de un poco de ocio”, te justificas.

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Esas limitaciones y acusaciones de pereza podrían tornarse en un alegato sobre la crianza con la finalidad de convencer a otros padres menos perezosos que está permitido tener una cierta flexibilidad, autonomía e independencia cuando tienes hijos. Uno de ellos es Peter Loffredo, bloguero estadounidense de la bitácora Full Permission Living. Es un entusiasta de esa faceta perezosa de la paternidad y escribe “¡Viva! ¡Viva! Tiempo para los adultos” para acabar justificando su premisa con la educación: “si los padres no tienen tiempo para ellos, los niños crecen en un ambiente en el que no se disfruta la labor de educación porque siempre aparece la sombra de la obligación”. Para Loffredo, esa pereza no implica falta de celo sino estar sentando las bases y las ganas para mejorar la relación de pareja de los padres para que puedan disfrutar de intimidad y, en un momento dado, tener más hijos; o no.

Por otro lado, los niños pueden beneficiarse de tener un poco de espacio. La sociedad actual nos incita a la actividad continua: no se puede perder tiempo. Así, muchos chavales acaban con una agenda imposible repleta de enriquecedoras y formativas actividades. Es genial que un chaval quiera ir de acampada; la clave es que los padres no tengan que ir siempre con él.

[Continuará]

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