El país de la fertilidad (y II)

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El Hospital Assuta en Tel Aviv, Israel, es uno de los centros de fertilidad más importantes del país, donde se concentra uno de cada cuatro tratamientos de los 28.000 que se realizan en todo el país. Cuenta con 25 incubadoras y 60.000 embriones congelados almacenados en nitrógeno líquido. Esas asépticas paredes, nombradas en multitud de oraciones de pacientes que buscan ser padres, han llegado a ser denominadas la “santa sala”.

Aunque todo el tratamiento es pagado por el Estado en los hospitales públicos, los centros privados, como Assuta, suelen cargar 150 dólares (120 euros) en concepto de copago. Del mismo modo, los pacientes pagan los medicamentos necesarios para el tratamiento, que también cuentan con subvención estatal. El Ministerio de Salud calcula que gasta alrededor de 3.450 dólares (3.000 euros) por tratamiento, aunque algunos críticos dicen que el coste real puede ser mayor. Los gastos para los pacientes no pueden compararse con Estados Unidos, donde un ciclo medio no baja de los 10.000 euros, ni con Europa, donde en una clínica privada el tratamiento suele costar en torno a los 3.000 euros. En realidad, el dinero no suele ser una razón para no ser padre y las parejas, o mujeres, que lo desean, hacen todos los esfuerzos necesarios.

“Somos una sociedad muy sensibilizada con el deseo de las personas a tener una familia”, asevera Mira Huebner-Harel, asesora legal del Ministerio de Salud. “Creo que nuestro país puede estar orgulloso de que una mujer que desea ser madre, puede tratar de hacerlo”, añade. Israel es el único país que ofrece tratamientos de FIV en la sanidad pública a mujeres de hasta 45 años sin opinar sobre su estado civil u orientación sexual. Además, según la asesora, se estaban planteando ofrecer cobertura al vientre subrogado ampliando la oportunidad de la paternidad a hombres solteros o parejas gais.

Sin embargo, esta política no permanece de todo exenta de críticas. Para la asociación feminista Isha L’Isha, debería haber más discusión sobre la carga emocional y física de los tratamientos. Consideran que el debate permanece latente debido a la confluencia de la presión pública y el interés lucrativo del negocio de la fertilidad.

Este auge de la industria ha proporcionado otras ventajas a los médicos israelíes. El gran número de pacientes con diversos problemas de fertilidad les ha ayudado a adaptar los tratamientos para que terminen con un embarazo exitoso. Y, debido a que el coste no es un problema, hay menos presión para implantar los embriones múltiples, que pueden acabar en mellizos, trillizo y en alguna ocasión hasta octillizos. Vered Letai-Sever, de 32 años, ha tenido ocho hijos por sendos tratamientos de fertilidad. “Si viviéramos en cualquier otro lugar del mundo,  probablemente nunca habríamos llegado hasta aquí”, asegura. Una decena de sus amigos se han sometido, como ella, a un tratamiento de fertilidad. “Hay algo profundamente humano en esta política; la idea de que las personas tienen derecho a ser padres”.

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